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Los intereses de la hoy monarquía española en Marruecos se remontan hasta los tiempos de los Reyes Católicos cuando estos incorporaron Melilla en 1487. Más tarde, con la expansión castellana hacia América, y con la incorporación de Ceuta, que ya había sido ocupada por los Portugueses desde 1415, y que con la unión de las dos coronas, en tiempos de Felipe II, acabó pasando a control castellano, los Austrias españoles demostraron tener un interés por permanecer, al menos, en parte del territorio marroquí. Esta presencia no fue pacífica, y como toda empresa colonial supuso un continuo enfrentamiento entre los colonizadores y los colonizados (entre estos estaban tanto el sultán de Marruecos como las Kabilas, grupos de tribus de la zona).
Estos grupos provocaron diversos enfrentamientos, fundamentalmente en la zona del Rif, siendo los más importantes los de 1556, 1774 y 1775. En el siglo XIX se pasó a una guerra abierta a partir de 1859 (para entonces los españoles habían conseguido acuerdos beneficiosos, y también ocuparon las islas Chafarinas en 1848). Cuando la situación parecía normalizada, tras el convenio de Tetuán en 1859, un ataque de los moros de Anghera a Ceuta provocó la intervención española al mando de Leopoldo O'Donnell, ante la pasividad de las potencias. En la guerra participaron unos 40.000 hombres. Todas las provincias contribuyeron con dinero y mozos. Por lo que respecta a los mozos, la propia Provincia, el 24 de diciembre de 1859, hizo saber al Ayuntamiento, presidido entonces por Ignacio de Alzola, que había de celebrarse un sorteo para que entrasen los mozos que tuviesen entre 20 y 30 años. Efectivamente, el 29 de diciembre de 1859 se celebró el sorteo en el Ayuntamiento, y entraron en él 45 mozos (había 56, pero varios de ellos habían pedido exención por diversas causas). El sorteo en sí fue efectuado con la presencia de mozos y familiares, haciéndose dos grupos de 45 papeletas, unas rellenadas con números del 1 al 45, y el otro grupo con los nombres de cada uno de los mozos sorteables. Acto seguido, se invitó a dos niños que no tuviesen diez años a extraer, una a una, las papeletas de ambos grupos, tomando nota el Secretario del número que correspondió a cada mozo. Hubo la posibilidad, a la que se acogieron siete mozos, de no acudir a cumplir el reemplazo, dando dinero al sustituto que habían buscado, bien ellos mismos o algún intermediario (las retribuciones a esos mozos sustitutos oscilaron entre 4.000 y 7.000 reales).
Además de esta contribución, "en sangre", los zumarragatarras hubieron de contribuir también con dinero, y fundamentalmente los mozos de 18 a 20 años, que pagaron en total 6.400 reales, los mozos de edades entre 20 y 30 años contribuyeron con 28.000 reales, y los mozos de 30 a 40 años pagaron 4.160 reales. En fin, Zumarraga hizo su aportación para la guerra, la cual finalizó con la paz solicitada por el Sultán el 26 de abril del mismo 1860, y con el Tratado de Wad-Ras. Una simple anécdota sobre esta guerra: con los cañones arrebatados a los marroquíes se fundieron los leones que hoy "guardan" las puertas del edificio de las Cortes.
Autores: Antonio Prada y Oscar Prieto